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SE LLAMABA DOMINGO
Narración de la vida de Santo Domingo de Guzmán,
contada a los niños con libertad y fantasía.
El Cachorrito de la Antorcha
Caleruega es un pueblo pequeño, pero importante. Tiene una bella
iglesia, una torre fortaleza y la mansión señorial del Gobernador del
Rey de Castilla. Este se llama Don Félix de Guzmán.
Aquella mañana, familiares y deudos llaman ruidósamente a las puertas.
Felicitan al Gobernador de la Plaza porque le ha nacido un hijo al que
llaman Domingo. En las almenas de la torre cuadrangular suenan los
tambores y trompetas de los soldados. Los cocineros vigilan los sabrosos y
abundantes guisados de sus calderas. Hoy es fiesta para todos y fiesta
grande.
También la mamá rebosa alegría y ternura mientras contempla al niño.
Es de tamaño mediano, piel suave y ojos bellos. Mirando con emoción al
niño, recuerda un extraño y misterioso sueño. Meses atrás soñó
llevar en sus entrañas un cachorrito blanco y negro que sujetaba en la
boca una antorcha encendida.
Juana de Aza no podía saber entonces que su hijo sería el primer
dominico vestido de blanco y negro. Los cachorros defienden las casas con
sus ladridos y con los dientes si es necesario. Domingo, que ahora es un
bebé feliz en los brazos de mamá, defenderá a la iglesia con la
antorcha luminosa de su palabra.

Moros y cristianos
Domingo crece entre el sonido y el brillo de las espadas. España
está en guerra contra el moro invasor. Los soldados se adiestran ante los
ojos fascinados de los niños. En las largas noches de invierno, junto al
fuego de las chimeneas, las hazañas y proezas de los grandes capitanes y
guerreros animan las veladas.Los niños escuchan a los mayores y se
imaginan que visten ya el pesado traje de los cruzados.
Domingo tiene otros sueños. Quiere ser soldado de Cristo en otra forma.
Con sus amigos sube a la cima de la colina inmensa. Detrás de las lomas
hay otros pueblos, hombres que sufren, gentes en guerra, cristianos que se
puren en las mazmorras, hombres y mujeres que no conocen a Cristo. Todos
ellos son hijos de Dios y no han nacido para odiarse... ¡Si él pudiera
predicarles el Evangelio...!
En esas tardes de juegos y sueños infantiles sobre el vecino montículo,
mientras sus compañeros entrecruzan sus espadas de madera jugando a moros
y cristianos, el pequeño Domingo decide ser MISIONERO. Un predicador que
enseñará a todos los hombres a amarse como hermanos, a ayudarse unos a
otros.
Las pieles muertas
A los seis años ya hay que estudiar. Al pequeño Domingo lo
sientan frente a unos libros grandotes y misteriosos. No hay imprentas y
tampoco papel en esa época. Los pocos que existen están escritos a mano
sobre pieles de distintos animales. Un libro en 1177 es un tesoro con más
valor que el oro y la plata.
Los años pasan para Domingo entre lecturas y oraciones. Primero junto a
un tio sacerdote en Gumiel. Después en las escuelas de la floreciente
universidad de Palencia. A unas pieles siguen otras. A unos libros enormes
suceden otros más gruesos. La carrera ha sido larga entre las pieles
muertas que guardaban la sabiduría humana y divina del siglo XII.
Cuando llega a ser un hombre, la sabiduría de Domingo es mucha pero su
corazón está intranquilo. Conoce mejor las miserias y la pobreza de la
gente. Quiere ayudar a que sea feliz. Los libros le parecen tristes e inútiles
si no sirven para sacar a los hombres de sus errores y aliviarlos en sus
necesidades. Cuando una viejita le pide limosna para pagar el rescate de
su hijo esclavo entre los moros, vende sus pergaminos y le entrega la
plata diciendo: "No quiero estudiar más sobre pieles muertas,
mientras los hombres vivos mueren de hambre".
Desde aquel día los pies del misionero Domingo empezaron a andar los
caminos del mundo haciendo el bien a todos.
En busca de una princesa
En la primavera de 1203 Domingo tiene 33 años. Es un
hombre lleno de sabiduría y de virtudes. Famoso ya por sus predicaciones
del Evangelio.
El Rey de Castilla está buscando una esposa para su hijo. Ha puesto sus
ojos en una lejana princesa de la brumosa corte de Dinamarca. Para concertar
el matrimonio envía como embajadores al Obispo de Osma y al ya célebre
sacerdote Domingo de Guzmán. La comitiva real parte a caballo con regalos y
presentes para la novia.
El matrimonio real no llegó a celebrarse nunca porque la princesa muere sin
conocer a su prometido. Pero el viaje sirve a Domingo para conocer su campo
de trabajo: el sur de Francia. La región estaba enferma de gravedad. Las
herejías apartan de la Iglesia a miles de cristianos. Como una enfermedad
maligna y contagiosa se extienden las malas doctrinas envenenando el corazón
y la fe de las gentes sencillas.
Domingo contempla con desconsuelo el panorama. Reza al buen Dios por
aquellos cristianos equivocados y decide quedarse entre ellos. Dedicará su
vida a sacar de sus errores a los herejes hasta conducirlos de nuevo al seno
de la Iglesia.
La jóven princesa ha muerto sin ser reina de Castilla, pero miles de almas
vivirán por la predicación de Domingo, el misionero de la verdad.
Con los pies descalzos
Las costumbres de la época hacían de los predicadores unos
impresionantes personajes. Aparecían como grandes príncipes respaldados
por la autoridad del Papa. Marchaban en caballos magníficamente
enjaezados, rodeados de enormes comitivas y precedidos siempre por las
insignias y estandartes pontificios. Los pueblos los temían y criticaban,
pero pocas veces se convertían a sus razonamientos.
Domingo rechaza este lujo principesco y vuelve sus ojos a la predicación
de los Apóstoles. Sabe que la buena doctrina llega al corazón de las
personas cuando va respaldada con ejemplos de humildad y sencillez.
Recorre los pueblos cantando por los caminos con un hábito pobre, con los
pies descalzos y pidiendo a las puertas la comida y la bebida para su
sustento. Todo su equipaje es el Evangelio y las epístolas. No descansa.
Quiere anunciar la Palabra de Dios de día y de noche, en las iglesias y
en las plazas, por los campos y en los caminos. ¡Incansable misionero!
Las gentes se sienten atraidas por sus palabras y su santidad. Le siguen
de pueblo en pueblo olvidándose hasta del descanso y la comida. Los
mismos que rechazaban a los predicadores pontificios siguen ahora a
Domingo con devoción y entusiasmo. Aquellas andanzas de Fray Domingo las
recuerda Sor Sonrisa:
Dominique, nique... nique pobremente por ahí, va él
cantando amor. Y lo alegre de su canto solamente habla de Dios, de la
Palabra de Dios.
La prueba del fuego
Las predicaciones de Domingo ganan cada día simpatías y nuevos
seguidores. Las conversiones se multiplican y eso no agrada a los jefes de
la herejía que hacen de Domingo el blanco de sus ataques y rencores.
Por aquellos días toda cuestión dudosa se esclarece en duelos, justas
caballerescas o con la prueba del fuego.La razón la tiene el que vence. La
verdad o la honradez de una persona o doctrina la determina las lanzas o las
llamas de una hoguera. Es "el juicio de Dios" que estará siempre
de parte del inocente.
A esta prueba someten los herejes a fray Domingo. Le piden que escriba sus
predicaciones en un libro y ellos ponen en otro sus doctrinas. El fuego
decidirá dónde está la verdad. Domingo acepta el desafio confiando en
Dios más que en el método brutal y primitivo de aclarar la verdad.De todas
formas no puede negarse porque en la plaza pública se elevan las llamas.El
pueblo entero se congrega expectante. Cuando los libros son arrojados a la
hoguera, Domingo no mira, reza al Buen Dios. Por los aires salta un libro.
Es devuelto al fuego una segunda y tercera vez. Y otras tantas sale intacto
de las llamas como impulsado por un resorte mágico. La muchedumbre grita de
entusiasmo y se arrodilla aceptando el "jucio de Dios". El libro
de Domingo está en medio de la plaza. El de los herejes se retuerce
crepitante entre las llamas. Dios ha hablado por el fuego y el pueblo entero
sigue al santo.

Las queridas Hermanas
Un grupo de mujeres convertidas de la herejia siguen
constantemente a Domingo en sus correrías apostólicas. Se sienten
contagiadas del espiritu misionero del santo y procuran imitarle y ayudarle.
Son las primeras hijas espirituales y él las ama y aconseja como a tales.
En ellas ve una buena semilla de santidad y vida cristiana. Las reúne a
todas en el monasterio de Prouille formando la primera comunidad de Hermanas
Dominicas. La semilla puesta en tierra crece y se multiplica pronto. Por
donde pasa Domingo deja sembrado uno de estos oasis de oración y de paz.
De primera intención las Hermanas Dominicas nacen para la oración y el
canto de las alabanzas divinas. Con el tiempo se hacen presentes en todas
las necesidades de la Iglesia. Hoy los hábitos blancos de las Hermanas están
en las selvas y en los hospitales, en los claustros silenciosos y en los
bulliciosos patios de los colegios, sobre las nives polares y junto a las
palmeras de los trópicos.
Todas son hijas de Domingo. Nacieron en su corazón y en él aprendieron su
amor a la verdad y su abnegada entrega al servicio de la Iglesia.
Fray Domingo que adivinaba esta hermosa cosecha de santas, mártires,
profesoras y misioneras las llamaba con agradecida ternura "las
queridas hermanas"
Campeones De La Fe
Los largos años de fervorosa predicación, las noches
de oración y penitencia, los incontables caminos recorridos empiezan a dar
su cosecha. Para Domingo el agotamiento, las arrugas de los años y las
enfermedades. Para la Iglesia, una nueva generación de predicadores del
evangelio.
Un grupo de discipulos han ido naciendo en torno al santo, formados con sus
palabras y maravillosos ejemplos. Son dieciséis en total. Es el revelo, los
hijos que continuarán la obra por todo el mundo. Una visión llena al santo
de alegria. Estaba en oración en la gran basilica romana y vio que se le
asercaban los apóstoles San Pedro y San Pablo. El primero le entrega un báculo
y el segundo un libro, mientras le dicen: Vete y predica porque Dios te ha
elegido para este ministerio. Entonces Domingo contempla a todos sus hijos
esparcidos por el mundo, yendo de dos en dos a predicar por los pueblos la
palabra divina.
El Papa confirma estos sueños y nace la Orden de los Hermanos Predicadores.
Domingo mismo se encarga de enviar a sus frailes a los centros más
importantes del mundo. La pequeña antorcha del cachorrito crece hasta
hacerse una lumbrera que ilumina a la Iglesia y al mundo con profesores,
sacerdotes, mártires, misioneros, predicadores incansables del Evangelio.
El canto de amor y de verdad que entonaba Domingo por los caminos, lo siguen
elevando hoy sus hijos desde todos los rincones del mundo.
Las Campanas de Santa María
La vida es como un camino y Dios está al final. Para Domingo ese
final estaba en la pequeña iglesia de Santa María del Monte, que se alza,
solitaria y tranquila, sobre una colina. Al fondo se distingue la ciudad de
Bolonia.
Las campanas de la iglesia tañen a intervalos cortos espantando a las
palomas que revolotean con el aire caluroso de agosto. En el interior de la
iglesia yace Domingo gravemente enfermo. Le rodean sus frailes y las
hermosas figuras de los Apóstoles pintadas en los muros. Corre el año
1221. Tan sólo cincuenta años atrás los soldados del Gobernador de
Caleruega anunciaban con el alegre redoble de sus tambores, el nacimiento de
Domingo.
Es la hora del abrazo con el Buen Dios a quien ha servido en todo momento.
El corazón del santo está en paz y en su rostro se dibuja una serena
tranquilidad.
La tristeza está soló en sus hijos que le rodean emocionados y en las
campanas que suenan religiosas y solemnes. Domingo los mira a todos con cariño
y manda que recen.
A los doce años de su muerte, el Papa Gregorio IX le declara santo. Desde
el cielo bendice a los que le aman y recuerdan, mientras sus hijos continúan
su gran obra misionera.
"Contagió a todos los niños de su gran amor a Dios; y a sus hermanos
piadosos en su Orden los fundió" Dominique, nique... nique...

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